sábado, 4 de octubre de 2008

Sobre la muerte

No es que tenga ningún deseo de morirme, pero el otro día, viajando en coche, pensaba que en realidad, nuestro pensamiento más empático es el de nuestra propia muerte. Los que, definitivamente, no creemos en el másallá, tenemos la certeza de que, una vez muertos, no echaremos de menos nuestra vida, ni de más tampoco. Simplemente, habremos dejado de existir, dándole a esta palabra la mayor amplitud de significado que se nos ocurra. No estaremos más que en el recuerdo de aquellos que nos quieren y, si es el caso, de los que no nos quieren tanto (Sardá lo explica de una manera tan gráfica...). ¿Por qué entonces nos da miedo? ¿Por qué nos produce ese sentimiento de pérdida? Es verdad que siempre que hemos de renunciar a algo definitivamente nos resistimos (los cigarrillos, las cervecitas, el pan, la panceta...) Pero, generalmente, sólo cuando pensamos en ello, y sólo porque nos parece terrible pasar el resto de nuestra vida (o un ratito más corto) sin ello. Y la clave está ahí, en la expresión "el resto de nuestra vida" . Una vez muertos, no hay posibilidad de sufrir abstinencia, nostalgia, ni ninguna otra cosa. Sin embargo, vivimos con la idea de que la muerte es una privación, una renuncia a lo que tenemos durante nuestra vida... Caben dos posibilidades: o sólo sabemos proyectar hacia el futuro extrapolando nuestra condición de vivos, incluso cuando proyectamos nuestra muerte, o lo que nos duele de nuestra muerte es el dolor que sentirán los que se quedan.

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