lunes, 22 de septiembre de 2008

Dos vidas, dos.

Llevo un tiempo pensando sobre las múltiples vidas que vivimos al mismo tiempo: la vida laboral, la familiar hacia arriba y hacia abajo – ya me entendéis – , en el patio del colegio, en las clases de aeróbic...en realidad éstas no son distinta vida, así, estrictamente hablando. Son diferentes aspectos de una misma vida, distintas dimensiones... Sin embargo, esas otras vidas que deseamos vivir, aunque sea sólo en parte... todas esas cosas que nos gustaría tener ánimo y fuerza para hacer... no sé... Por ejemplo, una travesía en el Pirineo, sin pensar en las rozaduras de las botas de monte ni en la sed ni en el cansancio ni en lo que pesa la mochila... Ese es un ejemplo sencillo, y como este hay muchos, de cosas que hemos hecho alguna vez y que nos gustaría seguir haciendo, por que nos recuerdan a otros momentos buenos de nuestra vida, o porque son placeres que nos gustaría transmitir a nuestros hijos.

Pero hay una vida que es la que realmente desearíamos haber tenido y, por diversos motivos, no hemos alcanzado a conseguir. A principios del verano, muchas madres y padres empiezan sus vacaciones para estar con sus hijos, que han terminado el cole, y me los imagino (a algunos) compartiendo actividades con ellos, haciéndolas propias (vamos a recortar esto, y a colorear aquello, sacamos las bicis, nos vamos a la piscina...) Es una vida que imagino como en microgravedad: movimientos tranquilos, buen humor, palabras dulces y animosas para mis hijos cuando se equivocan..., una vida en la que no estoy entregada a intereses propios que no puedo compartir, o que me satisfacen de manera más inmediata practicados de forma individual...

...así que, los días en esta vida imaginaria transcurren ordenando a vuelapluma las cuatro cosas que han quedado fuera de su sitio después de cualquier tarea doméstica, leyendo en el sofá sin gran concentración a la vez que resuelvo dudas infantiles o mantengo conversaciones adolescentes, modelando arcilla...

Y sin embargo, en esta otra vida, en la vida que estoy viviendo, mis intereses sólo confluyen marginalmente con los de aquellos a los que quiero, que pasan a convertirse en ladrones de tiempo u obligaciones pesadas, que nunca dejan espacio bastante para otras actividades más personales... Así vivido, no es posible ser feliz, porque no tienes lo que quieres en ningún caso, porque vas dejando una tremenda lista de proyectos no realizados en todos los frentes, con la consiguiente sensación de frustración permanente...

Tal vez penséis que soy pesimista, pero confío en que alcanzaré ese otro yo, paciente y generoso, por la vía de la reflexión (ya sabéis, al nirvana por la meditación). Me llevará un tiempo, puede que mis hijos tengan ya entonces sus propios hijos, y espero saborear durante este tiempo pequeños anticipos de la meta transformándome en mis propios personajes, construyendo en papel seres que son como yo quiero ser. Podré moldearme a mi gusto, y acercarme a mi modelo, con calma, por aproximaciones sucesivas.

En realidad, sólo tengo una vida, pero puedo hacerla tan grande como quiera.

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