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martes, 2 de noviembre de 2010

Una historia de amor...



Una historia de amor es como un edificio.

Al principio, cuando se entrega la obra, está flamante, limpio, cada elemento funciona, las puertas y ventanas encajan, aunque a veces es necesario hacer pequeños ajustes.

Cada propietario toma posesión de su espacio, y lo adapta a su gusto: lo hace más o menos bello, más o menos funcional, lo utiliza más o menos... Lo llena de cachivaches inútiles o lo amuebla con lo imprescindible. Esa fase es intensa, porque se construye y se planifica sin descanso.

Pasado ese primer tiempo de creación y adaptación, y si la construcción es de buena calidad, los habitantes del edificio simplemente lo viven y, si son considerados o responsables o previsores, lo cuidan. Cada año que pasa, se encuentran más cómodos, más en su casa. Es una etapa de tranquilidad, casi no hay que ocuparse de nada, porque cada elemento está en su período de funcionamiento óptimo.

Pero poco a poco, aparecen los primeros fallos... un grifo que gotea, una grieta en la pared, una ventana que no cierra bien, una puerta que hace ruido... Cada propietario tendrá su propio criterio para invertir más o menos esfuerzo, tiempo, dinero en reparar los pequeños desperfectos, que a medida que pasa el tiempo, van siendo de mayor envergadura...

Unas viviendas se deterioran más que otras, y la fachada del edificio presenta generalmente el mismo aspecto que la mayoría de las casas que contiene... Van apareciendo desconchones en las paredes, algún cable se descuelga, las bajantes y los canalones pierden lustre, incluso se desconectan... Pero si se van tomando las medidas adecuadas, si se van reparando los desperfectos a tiempo, si no se posponen las decisiones relativas a su cuidado, si no se escatiman medios, el edificio envejecerá dignamente, protegiendo del frío y de la lluvia, y de la hostilidad del exterior a las personas que lo habitan.

Por el contrario, si se acumulan los rotos y las disfunciones, si nadie se ocupa ya de apretar los tornillos que han quedado flojos con el uso o con el paso del tiempo, si la pintura pierde su color y se cae a trozos el estuco, pero nadie llama a los pintores, el edificio pierde su cualidad de refugio, de hogar, y perderá también a sus inquilinos. Irá, lentamente, desmoronándose, para acabar siendo una ruina deshabitada.

Si la construcción es buena, como dije, esto ocurrirá más tarde que temprano, pero ocurrirá igual.

Sí... una historia de amor es como un edificio.

(la foto se titula "de Raad, backside demolition", de docman)

sábado, 16 de octubre de 2010

LA VIDA SIGUE

Se casó joven, porque no quería estudiar y estaba enamorada. Tuvo un hijo, y pensó que eso la salvaría del desprecio. De los empujones verbales y físicos. Estaba enamorada pero no se quería a sí misma. Y es verdad, su hijo la salvó: no quiso correr el riesgo de que su hijo fuera también empujado, así que se marchó.

Encontró un hombre bueno, que la quería. Que quería también a su hijo. Y reseteó su vida. Tuvo otro hijo. Y en un hogar lleno de amor y de esperanza, llegó el cáncer de visita, y se llevo sus mamas. Y un poco de su fortaleza también. Sus hijos fueron creciendo, simpáticos, sanos, cariñosos, pero ella dejó de quererse de nuevo. Esta vez, las heridas se las inflingió ella misma: no quería comer, no podía comer. Y fue perdiendo presencia en este mundo (peso, en palabras prosaicas) hasta que tuvieron que ingresarla para alimentarla artificialmente.

Después volvió a su vida, cuando quiso, con ayuda… pero el anclaje era poco firme, y a los pocos años regresó al hospital, con 20 kilos menos de los que pesaba cuando salió de él.

Y sus hijos seguían creciendo, con la mirada triste y una sonrisa.

Volvió a casa, un par de meses después. Ganaba peso de nuevo. Y fue mejorando durante tres años. Incluso buscó un trabajo, porque pensó que la ayudaría a tenerse en consideración… y lejos de eso, sufría pensando que dejaba a sus hijos abandonados…

Ayer me dieron la noticia: mi amiga está ingresada en un hospital psiquiátrico. No puedo dejar de pensar en el infierno en el que ha vivido tantos años, en el infierno en el que está viviendo ahora, y en el que probablemente viven sus hijos y su pareja. Sobre todo, no puedo dejar de pensar en sus hijos, aún niños, y en cómo tenderles la mano para que su vida no se pare aquí y ahora…

Porque su vida sigue, ¿verdad? ¿Y la de ella?


miércoles, 15 de octubre de 2008

La crisis del consumo

Hace aproximadamente 1 año hice una reforma en mi casa. Como soy una chica muy ahorrativa, traté de reciclar todos los elementos que cambiaban de ubicación (radiadores, puertas, sanitarios…) Lo conseguí con casi todo, y aquellas cosas que había que retocar (como las puertas) para ajustar a otras medidas, me costaron mucho más caras. De hecho, varios de los profesionales que tomaron parte en la obra me decían expresamente “te sale mucho mejor si lo compras nuevo” (inciso: a lo que podía haber contestado: “tú no estarías aquí reformando mi casa si eso fuera cierto”). En fin, el caso es que me quedé pensando esa temporada en lo absurdo de la situación, y sentí un cierto vértigo. No agotar la vida útil real de los objetos de consumo, grandes o pequeños, es una forma de desarrollo con muchos, muchos peros. Además de los morales (para mí es un valor la austeridad en sí misma), están los puramente estratégicos. Consumir innecesariamente tiene consecuencias desde el punto de vista de las materias primas, y del de la gestión de los residuos. El espacio que ocupan estos últimos no puede ser utilizado para producir las primeras. Desde el punto de vista de los recursos, es aberrante. Si además tenemos en cuenta que basamos buena parte del exceso de consumo en la casi gratuidad de la mano de obra externa no cualificada y la carestía de la mano de obra occidental, cualificada o no, se cierra con perfección un círculo que deberíamos recorrer en sentido opuesto. Hemos cambiado nuestro ingenio para buscar soluciones que nos permitan seguir utilizando lo que ya tenemos, por unos hábitos individuales y una organización social, del mercado y de la producción altamente ineficientes desde el punto de vista estadístico, puesto que sólo beneficia a un mísero 20% de la población humana, y sólo a corto plazo.


Hoy estamos consumiendo y deteriorando recursos finitos de manera irresponsable (espacio, agua, aire, peces, bosques, largo etcétera), y ahorrando como cretinos en recursos que, de partida, eran virtualmente infinitos: el ingenio, la inteligencia, la creatividad… Lamentablemente, la duración de estos recursos endógenos es depediente de un uso responsable de los otros recursos, exógenos, y por lo que parece, no teníamos tanta dotación inicial… ¿o tal vez se nos agotan, paradójicamente, con la falta de uso?

sábado, 4 de octubre de 2008

Sobre la muerte

No es que tenga ningún deseo de morirme, pero el otro día, viajando en coche, pensaba que en realidad, nuestro pensamiento más empático es el de nuestra propia muerte. Los que, definitivamente, no creemos en el másallá, tenemos la certeza de que, una vez muertos, no echaremos de menos nuestra vida, ni de más tampoco. Simplemente, habremos dejado de existir, dándole a esta palabra la mayor amplitud de significado que se nos ocurra. No estaremos más que en el recuerdo de aquellos que nos quieren y, si es el caso, de los que no nos quieren tanto (Sardá lo explica de una manera tan gráfica...). ¿Por qué entonces nos da miedo? ¿Por qué nos produce ese sentimiento de pérdida? Es verdad que siempre que hemos de renunciar a algo definitivamente nos resistimos (los cigarrillos, las cervecitas, el pan, la panceta...) Pero, generalmente, sólo cuando pensamos en ello, y sólo porque nos parece terrible pasar el resto de nuestra vida (o un ratito más corto) sin ello. Y la clave está ahí, en la expresión "el resto de nuestra vida" . Una vez muertos, no hay posibilidad de sufrir abstinencia, nostalgia, ni ninguna otra cosa. Sin embargo, vivimos con la idea de que la muerte es una privación, una renuncia a lo que tenemos durante nuestra vida... Caben dos posibilidades: o sólo sabemos proyectar hacia el futuro extrapolando nuestra condición de vivos, incluso cuando proyectamos nuestra muerte, o lo que nos duele de nuestra muerte es el dolor que sentirán los que se quedan.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Dos vidas, dos.

Llevo un tiempo pensando sobre las múltiples vidas que vivimos al mismo tiempo: la vida laboral, la familiar hacia arriba y hacia abajo – ya me entendéis – , en el patio del colegio, en las clases de aeróbic...en realidad éstas no son distinta vida, así, estrictamente hablando. Son diferentes aspectos de una misma vida, distintas dimensiones... Sin embargo, esas otras vidas que deseamos vivir, aunque sea sólo en parte... todas esas cosas que nos gustaría tener ánimo y fuerza para hacer... no sé... Por ejemplo, una travesía en el Pirineo, sin pensar en las rozaduras de las botas de monte ni en la sed ni en el cansancio ni en lo que pesa la mochila... Ese es un ejemplo sencillo, y como este hay muchos, de cosas que hemos hecho alguna vez y que nos gustaría seguir haciendo, por que nos recuerdan a otros momentos buenos de nuestra vida, o porque son placeres que nos gustaría transmitir a nuestros hijos.

Pero hay una vida que es la que realmente desearíamos haber tenido y, por diversos motivos, no hemos alcanzado a conseguir. A principios del verano, muchas madres y padres empiezan sus vacaciones para estar con sus hijos, que han terminado el cole, y me los imagino (a algunos) compartiendo actividades con ellos, haciéndolas propias (vamos a recortar esto, y a colorear aquello, sacamos las bicis, nos vamos a la piscina...) Es una vida que imagino como en microgravedad: movimientos tranquilos, buen humor, palabras dulces y animosas para mis hijos cuando se equivocan..., una vida en la que no estoy entregada a intereses propios que no puedo compartir, o que me satisfacen de manera más inmediata practicados de forma individual...

...así que, los días en esta vida imaginaria transcurren ordenando a vuelapluma las cuatro cosas que han quedado fuera de su sitio después de cualquier tarea doméstica, leyendo en el sofá sin gran concentración a la vez que resuelvo dudas infantiles o mantengo conversaciones adolescentes, modelando arcilla...

Y sin embargo, en esta otra vida, en la vida que estoy viviendo, mis intereses sólo confluyen marginalmente con los de aquellos a los que quiero, que pasan a convertirse en ladrones de tiempo u obligaciones pesadas, que nunca dejan espacio bastante para otras actividades más personales... Así vivido, no es posible ser feliz, porque no tienes lo que quieres en ningún caso, porque vas dejando una tremenda lista de proyectos no realizados en todos los frentes, con la consiguiente sensación de frustración permanente...

Tal vez penséis que soy pesimista, pero confío en que alcanzaré ese otro yo, paciente y generoso, por la vía de la reflexión (ya sabéis, al nirvana por la meditación). Me llevará un tiempo, puede que mis hijos tengan ya entonces sus propios hijos, y espero saborear durante este tiempo pequeños anticipos de la meta transformándome en mis propios personajes, construyendo en papel seres que son como yo quiero ser. Podré moldearme a mi gusto, y acercarme a mi modelo, con calma, por aproximaciones sucesivas.

En realidad, sólo tengo una vida, pero puedo hacerla tan grande como quiera.

domingo, 15 de junio de 2008

El deseo, pero con minúsculas

Hoy me ha preguntado mi hijo pequeño: "¿Mamá, por qué los deseos que pides no se cumplen nunca?" Me ha costado un poco dar con la manera de explicarle lo que pienso de forma que lo entendiese, y creo que pese a todo, no lo ha entendido... "Los deseos se cumplen o no, pero los que se cumplen no se cumplen por que los pidas" Esta conversación me ha hecho recordar todo aquello de la buena y la mala suerte... sin tener ninguna duda acerca de su existencia (tan fuerte esta convicción como otras increencias que no son un secreto para nadie), decía, que aún creyendo en su existencia, creo también que su incidencia en nuestras vidas es a la vez escasa y contundente... Cómo nos gusta recostarnos en la inocencia y en la magia, en manos del destino universal, de los hados o la divinidad queda mi vida y todo aquello que acaezca me resulta ajeno, alejado de mi control, pobre yo, ser a merced de todo lo que está fuera de mí... La buena y la mala suerte existen, sin duda, a unos les toca la lotería (desde luego, a ninguno que no haya jugado), a otros les toca un cáncer, un accidente en carretera, cualquiera de estos sucesos es radical, cambia tu vida (si es que la puedes conservar un rato más)... Pero es más fácil construir escaloncitos para que la buena suerte se nos vaya arrimando que adivinar cuándo y cómo atacará la mala suerte si lo hace. Estos sucesos, horribles, pero aleatorios, son sucesos verdaderamente escasos. Lo verdaderamente dramático es la enorme cantidad de sucesos desgraciados e indeseables que nos ocurren cada día porque hemos dejado la puerta abierta al infortunio, le hemos extendido la alfombra roja, o porque no encontramos manera de interpretarlos en términos buena fortuna, o porque no nos sentimos capaces de darles la vuelta con una patada en el culo y yastá... y la cantidad de ocasiones magníficas que pasan por nuestro lado y cerramos los ojos, no vaya a ser que nos deslumbren con su radiante esplendor...

Hijo, no pidas deseos, y si hay algo que deseas con fuerza, abre bien los ojos, y pon tu fuerza a trabajar.

domingo, 1 de junio de 2008

Mujer leyendo

Una mujer joven se desplaza tranquilamente por el pasillo, después de dar las buenas noches a su hijo, de besarle y apagar la luz de su mesilla... Enciende un cigarrillo cuando llega al cuarto de estar, y se sienta en el sofá (o más bien, se deja caer): "Son las diez de la noche y por fin, depués de un día agotador - como todos - puedo sentarme en el sofá". Se quita las zapatillas, enciende la lámpara que hay detrás, coge uno de los libros apilados en la mesa de centro y se encoje debajo de la manta de cuadros. Abre el libro por la señal y empieza a leer. "Qué cansada estoy. No consigo pasar de las dos primeras líneas". Apoya la cabeza en el respaldo y cierra los ojos. "Me siento sola. Me cuesta hacerlo todo sola, tomar todas las decisiones, tener las decisiones pendientes hasta que las tome, porque nadie las va a tomar por mí, esto es lo que más me cuesta... ".

La mujer abre los ojos, unos grandes ojos verdes, y apaga el cigarrillo - tengo esta imagen guardada en mi imaginario, y si pintase, haría un retrato: "Mujer leyendo. Acrílico sobre lienzo. 2008" -, retoma el libro y lo intenta de nuevo.

viernes, 16 de mayo de 2008

Inesperadas risas

La vida está llena de pequeñas anécotas que nos pueden hacer sonreir o llorar, todo depende de quién las cuente, de quién las sufra...

Dos compañeras de trabajo van juntas a un curso de la empresa a otra ciudad. Son dos compañeras, sin más, que no se llevan especialmente bien, pero se conocen desde hace años, y han tenido que viajar juntas en más de una ocasión. Una de ellas, la más joven, recuerda de pronto que tiene un concido en la ciudad, alguien a quien conoce poco pero que le resultó divertido y cercano en cierta ocasión. Así que, ante una inesperada posibilidad de cita, se compra unas bragas en una boutique del aeropuerto...aunque inesperada la cita, e improbable el destape, hay que estar preparada para un eventual polvo, que tampoco andamos sobradas...

La primera noche, dolor de cabeza, y noche toledana, hasta las tres de la mañana sin poder dormir, porque hay que compartir habitación con la compañera, y compartir también sus inquietudes, su insomnio, su felicidad conyugal... en fin, lo que toque, que para eso somos compañeras, y tampoco es cuestión de ser borde.

A la mañana siguiente, hecha un cuadro, a aguantar unas cuantas interesantísimas charlas, justo lo necesario para no dar más de diez o doce cabezadas, y luego, un poco de práctica. En plena vorágine de explicaciones y demostraciones sobre los maravillosos nuevos productos que presenta la empresa, suenan en su móvil un par de llamadas a las que no contesta, porque hay demasiada gente alrededor, porque tiene las manos ocupadas,... y finalmente recibe el hilarante mensaje de su hipotética cita haciéndole participe de la surrealista situación: s no cgs l tlfno, wapa, dfclmnt pdrems kdar... (casi ni una vocal, pero eso sí, todos los adverbios). Me imagino la situación (¿vosotros no?), la compañera, tan discreta, tan colega, "y ¿quién era?", "qué pesadez, ¿no?", "bueno, y ¿no lo coges, o qué?", "Hay mira, un mensaje te ha entrado (asomándose ostensiblemente por encima de su hombro para ver si pispa algo)". Uff, qué agobio, la líbido ya por los suelos, el dolor de cabeza como un taladro...

La wapa se ríe, por primera vez en el viaje, con esta bocanada de aire limpio y fresco, responde con un mensaje, de socorro seguramente, pero ese es un matiz difícil de apreciar... y ahí quedan las bragas nuevas sin estrenar...de momento...

Puede volver a casa y contar que se ha aburrido, o que ha triunfado, o simplemente que ya está de vuelta, pero tengo la certeza de que se ha limitado a sobrevivir.

jueves, 15 de mayo de 2008

Una noche estrellada

Las estrellas brillan sobre mi cabeza. La noche es cálida y bajo mi cuerpo la hierba aplastada y húmeda me refresca. Todo rastro de luz artificial está bien lejos, y puedo ver con claridad la Vía Láctea, una mancha borrosa y blanquecina... No puedo ignorar lo que es, lo que representa, la improbable casualidad de nuestra existencia, toda esta infinita cadena de casualidades que nos ha conducido a observar la Vía Láctea sin poder ignorar lo que es...

Así tumbada, me pregunto con pesadumbre sobre mi capacidad para ser feliz y hacer felices a los demás, como podría estar preguntándome si se dará bien la cacería de mañana, o si la semillas que planté hace unos meses germinarán con el tiempo tan seco que ha hecho estos meses...¿podré vender en el mercado todos los quesos?... mañana debo estar temprano en la plaza para coger buen sitio y que me vea el capataz, ya hace lo menos una semana que no me elige...y así durante más de 2.000.000 años... Qué trivialidad, con el estómago lleno, me resulta muy fácil sentir un hueco en el espíritu.

Si vuelvo a abrir los ojos, vuelvo a ver las estrellas, y como iba diciendo, me doy cuenta de que podría calcular cuántos años hace que se emitió ese destello la punta del cinturón de Orión, hasta podría proyectar una nave que se acerque un poco, pero tal cantidad de conocimiento no me saca de mis dudas más dolorosas: ¿tengo derecho a ser feliz? ...Y, si no lo consigo, ¿será mi responsabilidad?, ¿tengo yo el control sobre lo que siento, lo que hago, lo que digo, lo que me hace sufrir y lo que no, o sobre la idea de la felicidad que he compuesto o fabricado o adquirido, y que subyace a la frustración por no alcanzar las espectativas?

Me dejo llevar por esta imagen plácida,
mi cuerpo reposando sobre la hierba fresca,
la noche que envuelve la inmensidad del todo,
en algún sitio, lejos, el mar se oye golpeando
unas rocas milenarias que se dehacen sumisas
al paso inexorable del tiempo que nos une
en esta noche llena de estrellas indecisas
que brillan para nosotros aunque tal vez no existen...
Quiero pensar que a veces estoy justo donde quiero,
justo donde he elegido, porque... he elegido... ¿verdad?
vuelvo a preguntarme, incansable, insatisfecha.
Es posible que hiciera alguna elección hace tiempo,
y que haya seguido el camino marcado,
sin embargo me parece más probable que haya ido
eligiendo cada hora, cada minuto, cada segundo...
...el mismo camino, unas veces por inercia y otras
por convicción. Quiero que sea cierto que aún tengo elección.
Que cada día que pasa puedo construir mi vida,
mi proyecto artesano, mi castillo de arena...
...que podré tumbarme siempre en una pradera verde
con la noche alrededor y la Vía Láctea encima
a pensar si soy feliz, si puedo llegar a serlo...
...que podré dejarme llevar sobre este ritmo infantil
hasta el sueño de estar plácidamente tumbada en una pradera verde...

sábado, 19 de abril de 2008

El dolor de los demás, ¿también es mío?

Llevo un par de meses dando vueltas a esta idea. No es que me haya conducido a estas reflexiones una cuesta abajo propia, sino una sucesión de eventos, geográficamente cercanos, que me han llenado la cabeza temporalmente de desgracias ajenas... Mis inquietudes respecto a estos sucesos seguramente no son originales ni únicas, pero por algún motivo, algunas ideas se han resistido abandonarme.
En el patio del colegio veo, algunos días, a dos padres viudos, recientemente viudos, que se erigen firmemente los dos en toda su estatura, sin arrugarse, cada uno en su estilo... Uno de ellos, con los hijos muy pequeños, me produce una ternura incomprensible, me muero de ganas de decirle "ánimo, valiente, vas a poder con ello, todo lo que te está doliendo pasará...". Entiendo por primera vez la frase "te acompaño en el sentimiento", que debe querer decir algo como "viendo lo que te ocurre, puedo perfectamente imaginar lo que me dolería si me pasara a mí"... Pero no me atrevo a acercarme...Cuando me mira tiene una cara de tanta pena, de tanta impotencia, de tanto desconcierto que no me atrevo a acercarme, no.
El otro, con unos hijos algo mayores, pero no mucho más, no ha conseguido transmitirme su dolor, sino su alivio. Su mujer se quitó de en medio, acabó con su infierno personal, y parece que se llevó, de paso, parte del infierno de los que la rodeaban. Esto es lo que siento cuando le veo a él, y cuando veo a sus hijos... no su dolor ...
Cuando una de mis amigas se quedó viuda, me dolió tanto que tarde casi un medio año en acercarme a ella, y entonces ya no le dolía, no de la misma manera, así que me ayudó a recordar al muerto con la alegría de cuando estaba vivo y nos daba a todos el coñazo...

Hace un tiempo vi una película (Elizabethtown) que trataba sobre un viaje personal del macizo Orlando Bloom (bueno, del personaje al que representaba), y que se produce a raíz de la muerte de su padre. El magnífico funeral laico que organizan sus familiares y amigos, en el que lejos de pensar en la tragedia de un futuro sin el difunto, se regodean en lo maravillosa y miserable que fue la vida con él en el pasado... Qué envidiable forma de atenuar el dolor, de compartir el dolor para que se diluya entre todos los que le quisieron, qué increíble forma de aceptar que ya no bailaremos más, pero ¡que nos quiten lo bailao!


Mi conclusión es que nuestro silencio magnifica el dolor, y nuestra cultura sufridora y abnegante se ceba en la tragedia, tanto que nos duelen los muertos de los demás, a los que ni siquiera conocemos, a los que incluso no apreciamos, por que encontramos cierta complacencia en sentir compasión por los que nos rodean...

Viva la vida que vivieron los muertos mientras fueron capaces de disfrutarla. Bien por nosotros que vamos a conseguir ser felices y brindar a nuestros muertos las ganas de vivir que aún nos quedan. Porque nos lo merecemos. Porque se lo merecen.

sábado, 15 de marzo de 2008

La primavera ha llegado....

Me contagio con esta explosión de vida, porque yo misma soy materia viva, todas mis células responden al calor del sol. Me quedo extasiada mirando los brotes verdes en las ramas de los árboles, que se yergen verticales hacia un cielo de un azul increíble...el cielo azul que contrasta al fondo, azul brillante de las mañanas de primavera. Sólo una raya blanca de queroseno quemado lo atraviesa de parte a parte... Camino a orillas del Sadar, a enfrentarme a un incierto destino laboral, y mis pilas se cargan con esta imagen pletórica de energía, llena de magia. El Sadar estará, seguro, tan sucio como siempre, pero las hierbas recién crecidas en las márgenes tapan la mugre con su brillo de verde nuevo, y hasta una pareja de patos ha anidado en la orilla...
La naturaleza tiene una belleza primigenia, que conecta de una forma salvaje con algún rincon ancestral de nuestra mente, que nos arrastra en su explosión de vida y nos sobrecoge, imponente, desatando este éxtasis atávico que tan fácilmente se confunde con espiritualidad, y que no es más que la pura esencia de la biología...

viernes, 7 de marzo de 2008

Los siete secretos, los siete enanitos...

Siempre he pensado que el márketinG es la gran baza del catolicismo. En los tiempos iniciales del yavehísmo y, después, del cristianismo, no había multimedios, pero quién no se engancharía a un spot con el mensaje tipo “Los 10 mandamientos” o “Perdonarás no 7, sino 70 veces 7”, o bien “Levántate y anda”, y una larga plétora de impactantes mensajes de este pelo. Si añadimos a esta secular inclinación el apoyo incondicional de Hollywood, pues... ¿qué queréis? ¡Cerca de medio mundo está rendido a sus pies!

Pero, sin duda, el ejemplo por antonomasia de este contubernio entre la Publicidad y el Catolicismo es el de “LOS 7 PECADOS CAPITALES”.

Aunque poco a poco entraré en cada uno de ellos en detalle, el conjunto merece un análisis por sí mismo. ¿Cómo se puede pretender que el personal renuncie a los placeres más intimos y miserables? ¿Cómo es posible que se pueda vender un pack promocional con ese slogan?

Pack “7 PECADOS AZUL”:

- No follar!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

- No comer

- No cabrearse

- No tumbarse a la bartola (en todos los sentidos)

- No sentirse mundial, viendo el fútbol y con el palillo entre los dientes

- No poner a caldo al vecino porque se ha comprado un audiquetecagas

- No salir del bar para verlo justo cuando te tocaba pagar la ronda

- No mirar a la perica que va en el asiento del copiloto

Pack “7 PECADOS ROSA”:

- No follar

- No COMER!!!!!!!!!!!!!!

- No cabrearse

- No ir a la peluquería a que te laven la cabeza, o no tumbarte en la playa a tomar el sol toda la mañana

- No mirar a la de la sombrilla de al lado, metiendo tripa y diciendo “está mucho más fofa que yo”

- No sofocarse mirando a su marido, que va marcando con su speedo

- No darle la crema solar de hace 5 años, caducada, en vez de la nueva, cuando te dice que se ha olvidado la del niño, a ver si no te tienes que comprar otra a mitad del verano

En fin, no se si os hacéis una idea pero el pack se vende mucho mejor que cualquier promo de Movifone. Eso sí, luego nadie se acuerda de dónde lo guardó... AH! Sí! Lo dejé debajo del pack Arrepentíos, pecadores!

Para terminar, me gustaría que os hicieseis la siguiente reflexión: entráis en una panadería – pastelería – pija de la muerte, donde una chíca sosísima, vestida de gris, y un joven todo de negro y un punto afeminado te asaltan en plan promotor cuando te acercas a la estantería donde están los super donus bonbón de chocolate negro, y te dicen: si te interesa, puedes llevarte este pack con sabor a mierda y garrapiñado...¿Qué hariais?

viernes, 22 de febrero de 2008

Amores y desamores

Qué difícil es la relación entre adultos, que nos parecemos tanto (qué previsibles, entonces) y a la vez somos tan distintos (qué poco flexibles). Creo que te conozco, y entonces encuentro mis límites, como los niños, chocando contra ti, haciéndote daño, así que reboto (me rebotas y te alejas), y cuando ya hemos descansado los unos de los otros, vuelta a empezar.

Últimamente, un anuncio (de coches, claro) ha puesto imágenes a esta interesante reflexión sobre el espacio vital de cada uno, aquél que sólo dejamos invadir en situaciones muy concretas... Este espacio no es sólo físico, también es un espacio de invulnerabilidad, un límite a la capacidad de aceptar injerencias, insultos y dudas del prójimo... A menudo sometemos a amigos y otros seres queridos a tremendas tormentas de sentimientos sin filtro, positivos y negativos, exigiendo de ellos una tolerancia, una magnanimidad que no somos capaces de dar, ni a ellos ni a nosotros mismos. Así que sus espacios vitales, inevitablemente, se agrandan, hasta quedar ellos perdidos (y protegidos) en su centro, y lejos, tan lejos de nosotros.