martes, 18 de noviembre de 2008

Otra vez la muerte...

Con lo difícil que me resulta acercarme a las personas que sufren la muerte de cerca, iba pensando mientras caminaba por la calle, y tengo la inmensa fortuna de que nunca he estado en el papel del que recibe las condolencias... casi da miedo decirlo. La semana pasada murió la compañera del profesor de mi hijo, de repente, sin venir a cuento, y la reacción en lo social fue rápida: llamadas a otras madres, encargo de flores... esas muestras más anónimas de cariño, o casi de solidaridad. Pero yo pensaba en la necesidad de expresar mi apoyo personalmente. Para mí es una necesidad porque, como digo en algún otro post, este aspecto de la vida adulta lo he desarrollado de menos. Y me estaba devanando los sesos, porque no sabía cómo hacerlo, cómo acercarme, qué decir en el momento y, una vez más usuaria de esa inmensa fortuna de que hablaba, paseando en la lloviznosa mañana pamplonesa, me he dado de bruces con el profesor. Así que, con toda la empatía, con todo el cariño, con ese indefinible gesto "sonrío para tí aunque lloro tu pena por dentro" le he abrazado, le he preguntado y animado y escuchado, unos minutos, y cuando nos hemos despedido, he sentido un alivio, una liberación tan grande por que había conseguido hacer dignamente algo que nadie nos enseña a hacer, que casi se me mezcla con la pena y me echo a llorar allí mismo. A veces me pregunto cómo es posible ser depositaria de tanta y tan buena suerte...

miércoles, 15 de octubre de 2008

La crisis del consumo

Hace aproximadamente 1 año hice una reforma en mi casa. Como soy una chica muy ahorrativa, traté de reciclar todos los elementos que cambiaban de ubicación (radiadores, puertas, sanitarios…) Lo conseguí con casi todo, y aquellas cosas que había que retocar (como las puertas) para ajustar a otras medidas, me costaron mucho más caras. De hecho, varios de los profesionales que tomaron parte en la obra me decían expresamente “te sale mucho mejor si lo compras nuevo” (inciso: a lo que podía haber contestado: “tú no estarías aquí reformando mi casa si eso fuera cierto”). En fin, el caso es que me quedé pensando esa temporada en lo absurdo de la situación, y sentí un cierto vértigo. No agotar la vida útil real de los objetos de consumo, grandes o pequeños, es una forma de desarrollo con muchos, muchos peros. Además de los morales (para mí es un valor la austeridad en sí misma), están los puramente estratégicos. Consumir innecesariamente tiene consecuencias desde el punto de vista de las materias primas, y del de la gestión de los residuos. El espacio que ocupan estos últimos no puede ser utilizado para producir las primeras. Desde el punto de vista de los recursos, es aberrante. Si además tenemos en cuenta que basamos buena parte del exceso de consumo en la casi gratuidad de la mano de obra externa no cualificada y la carestía de la mano de obra occidental, cualificada o no, se cierra con perfección un círculo que deberíamos recorrer en sentido opuesto. Hemos cambiado nuestro ingenio para buscar soluciones que nos permitan seguir utilizando lo que ya tenemos, por unos hábitos individuales y una organización social, del mercado y de la producción altamente ineficientes desde el punto de vista estadístico, puesto que sólo beneficia a un mísero 20% de la población humana, y sólo a corto plazo.


Hoy estamos consumiendo y deteriorando recursos finitos de manera irresponsable (espacio, agua, aire, peces, bosques, largo etcétera), y ahorrando como cretinos en recursos que, de partida, eran virtualmente infinitos: el ingenio, la inteligencia, la creatividad… Lamentablemente, la duración de estos recursos endógenos es depediente de un uso responsable de los otros recursos, exógenos, y por lo que parece, no teníamos tanta dotación inicial… ¿o tal vez se nos agotan, paradójicamente, con la falta de uso?

jueves, 9 de octubre de 2008

Hay que joderse (con perdón)


(Empieza el curso, y con él, una vez más, con los mismos rollos de todos los años. Después de tres cursos con la misma maestra, mi pequeño genio cambia. Después de lo que ha costado ajustarse, conseguir un curriculo razonablemente adaptado, hacer que el centro entienda la diversidad en toda su amplitud, vuelta a empezar... ¿Cómo puede ser? ¿Tardaremos mucho en adaptarnos?)

El otro día, cuando apretaba a mi hijo para que hiciese alguno de los múltiples deberes que tenía pendientes, debió sentirse muy agobiado, porque respondió airado (aunque con otras palabras) que se iba a construir una tabla de pros & cons de cada una de las extraescolares. La idea se la dió la estupendísima PT (para los legos, profesora de pedagogía terapéutica) con la que supuestamente "diversifica" en Matemáticas. Es una mujer estupenda, de verdad, pero no deja de ser parte del sistema. Entonces, como lo ve agobiado, le sugiere al niño que analice de esta forma si realmente le gustan sus extraescolares, y que priorice, porque tal vez no le aportan tanto como el cree, así que le dice que trate de ver si entre el piano, el solfeo, el baloncesto, el tenis, no le sobra ninguna...¡¡¡EN VEZ DE PROPONERLE QUE SE VAYA A PASEAR O A JUGAR EN TRES DE CADA CUATRO CLASES DE MATEMATICAS, O DE CONO, O DE INGLES, o por supuesto, la totalidad de las sesiones de NORELIGION!!! O sea, que tiene que renunciar a aprender un conjunto de conocimientos y aptitudes que en la escuela OBLIGATORIA no se enseñan y que, sin embargo aportan formación, sensibilidad, y no digamos placer (a los que puedan pagarlo) ... para perder el tiempo escuchando por enésima vez como se resuelven los problema de patos y conejos, porque la ley sólo es capaz de acortar sus años de escolaridad obligatoria, pero no sus días ...

¡Joder, pasando por este sistema educativo, sería verdaderamente meritorio proponer alguna solución creativa!


Perdonad el calentón, pero cada día que pasa tengo más tentaciones de homeschoolear.

sábado, 4 de octubre de 2008

Sobre la muerte

No es que tenga ningún deseo de morirme, pero el otro día, viajando en coche, pensaba que en realidad, nuestro pensamiento más empático es el de nuestra propia muerte. Los que, definitivamente, no creemos en el másallá, tenemos la certeza de que, una vez muertos, no echaremos de menos nuestra vida, ni de más tampoco. Simplemente, habremos dejado de existir, dándole a esta palabra la mayor amplitud de significado que se nos ocurra. No estaremos más que en el recuerdo de aquellos que nos quieren y, si es el caso, de los que no nos quieren tanto (Sardá lo explica de una manera tan gráfica...). ¿Por qué entonces nos da miedo? ¿Por qué nos produce ese sentimiento de pérdida? Es verdad que siempre que hemos de renunciar a algo definitivamente nos resistimos (los cigarrillos, las cervecitas, el pan, la panceta...) Pero, generalmente, sólo cuando pensamos en ello, y sólo porque nos parece terrible pasar el resto de nuestra vida (o un ratito más corto) sin ello. Y la clave está ahí, en la expresión "el resto de nuestra vida" . Una vez muertos, no hay posibilidad de sufrir abstinencia, nostalgia, ni ninguna otra cosa. Sin embargo, vivimos con la idea de que la muerte es una privación, una renuncia a lo que tenemos durante nuestra vida... Caben dos posibilidades: o sólo sabemos proyectar hacia el futuro extrapolando nuestra condición de vivos, incluso cuando proyectamos nuestra muerte, o lo que nos duele de nuestra muerte es el dolor que sentirán los que se quedan.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Dos vidas, dos.

Llevo un tiempo pensando sobre las múltiples vidas que vivimos al mismo tiempo: la vida laboral, la familiar hacia arriba y hacia abajo – ya me entendéis – , en el patio del colegio, en las clases de aeróbic...en realidad éstas no son distinta vida, así, estrictamente hablando. Son diferentes aspectos de una misma vida, distintas dimensiones... Sin embargo, esas otras vidas que deseamos vivir, aunque sea sólo en parte... todas esas cosas que nos gustaría tener ánimo y fuerza para hacer... no sé... Por ejemplo, una travesía en el Pirineo, sin pensar en las rozaduras de las botas de monte ni en la sed ni en el cansancio ni en lo que pesa la mochila... Ese es un ejemplo sencillo, y como este hay muchos, de cosas que hemos hecho alguna vez y que nos gustaría seguir haciendo, por que nos recuerdan a otros momentos buenos de nuestra vida, o porque son placeres que nos gustaría transmitir a nuestros hijos.

Pero hay una vida que es la que realmente desearíamos haber tenido y, por diversos motivos, no hemos alcanzado a conseguir. A principios del verano, muchas madres y padres empiezan sus vacaciones para estar con sus hijos, que han terminado el cole, y me los imagino (a algunos) compartiendo actividades con ellos, haciéndolas propias (vamos a recortar esto, y a colorear aquello, sacamos las bicis, nos vamos a la piscina...) Es una vida que imagino como en microgravedad: movimientos tranquilos, buen humor, palabras dulces y animosas para mis hijos cuando se equivocan..., una vida en la que no estoy entregada a intereses propios que no puedo compartir, o que me satisfacen de manera más inmediata practicados de forma individual...

...así que, los días en esta vida imaginaria transcurren ordenando a vuelapluma las cuatro cosas que han quedado fuera de su sitio después de cualquier tarea doméstica, leyendo en el sofá sin gran concentración a la vez que resuelvo dudas infantiles o mantengo conversaciones adolescentes, modelando arcilla...

Y sin embargo, en esta otra vida, en la vida que estoy viviendo, mis intereses sólo confluyen marginalmente con los de aquellos a los que quiero, que pasan a convertirse en ladrones de tiempo u obligaciones pesadas, que nunca dejan espacio bastante para otras actividades más personales... Así vivido, no es posible ser feliz, porque no tienes lo que quieres en ningún caso, porque vas dejando una tremenda lista de proyectos no realizados en todos los frentes, con la consiguiente sensación de frustración permanente...

Tal vez penséis que soy pesimista, pero confío en que alcanzaré ese otro yo, paciente y generoso, por la vía de la reflexión (ya sabéis, al nirvana por la meditación). Me llevará un tiempo, puede que mis hijos tengan ya entonces sus propios hijos, y espero saborear durante este tiempo pequeños anticipos de la meta transformándome en mis propios personajes, construyendo en papel seres que son como yo quiero ser. Podré moldearme a mi gusto, y acercarme a mi modelo, con calma, por aproximaciones sucesivas.

En realidad, sólo tengo una vida, pero puedo hacerla tan grande como quiera.